Síndrome de Sensibilización Central

Lo que sucede cuando un médico se convierte en paciente

http://www.frecuenciamedica.org/
 
Publicado por Francisco Bengoa 
 
19 febrero, 2012

 

Mientras buscaba temas sobre los cuales escribir una columna para esta misma página, encontré este pequeño relato escrito por la Dra. Jennifer Kelly, acerca de su propia experiencia de convertirse en un paciente.

Muchas veces no tomamos en cuenta lo que significa para un paciente alguna decisión que tomamos o lo que implica en su vida diaria el curso de acción que hemos emprendido. Por lo tanto, esta pequeña reseña de lo que significa pasar de ser un médico a ser un paciente, creo es fundamental para templar el criterio clínico.


Durante un viaje de trabajo a Los Angeles, salí a trotar un rato y me desmayé. Dentro de un par de horas, estaba en el hospital de la UCLA (UCLA Medical Center) en una camilla, y me estaban llevando a realizarme un scanner de abdomen. Me acuerdo perfectamente de despertar y decirle a los médicos de urgencias que yo también era un médico, a la vez que recomendaba el curso de acción que debían seguir conmigo. Cuando todas las sugerencias que yo di fueron ignoradas, me di cuenta que el hecho de que yo fuese una doctora más, la verdad no importaba mucho.

Ya no era un médico. Era una paciente.

Esto fue casi hace un año. En ese momento, recordé que la revista The Archives of Internal Medicinehabía publicado un estudio, muy discutido por lo demás, que revelaba que los médicos recomendaban tratamientos a sus pacientes que ellos no se realizarían a sí mismos. Por otro lado, se realizarían algunos otros que no recomendarían a sus pacientes. Existían muchas más probabilidades de que le indicaran a sus pacientes tratamientos que podrían salvar sus vidas con tremendos efectos adversos, de que se lo indicaran a ellos mismos. En efecto, los médicos estaban mucho más inclinados a soportar efectos adversos, ¡a apostar!, con la vida de sus pacientes que con sus propias vidas.

Por supuesto, una de las reacciones entendibles de surgir luego de este artículo es pensar que los médicos no le dicen ciertas cosas a sus pacientes. En mi propia experiencia de enfermedad, he aprendido una pequeña pero simple verdad: cuando se refiere a su propia salud, los médicos somos tan irracionales como cualquier otra persona.

Se me diagnosticó cáncer gástrico en etapa III. Sabía perfectamente que el diagnóstico significaba un pronóstico poco favorable. Había visto muchas veces esta enfermedad y sus consecuencias, pero siempre vistiendo una bata blanca, con un fonendoscopio colgando del cuello, al lado de la cama del paciente.

Al inicio, intelectualmente tenía claro que es lo que el futuro me deparaba. De a poco, y bastante a regañadientes, me fui permitiendo convertirme en un paciente, confiar en mis médicos y dejar que me guiaran a través de los tratamientos, las complicaciones y los efectos adversos que han ido surgiendo con una regularidad alarmante. Me sometí a un brutal régimen de tratamiento que no ha cambiado mucho en los últimos 40 años.

Pronto me di cuenta que no tenia la mas mínima idea de la situación en la que me había metido.

Para mis médicos, todo se trataba de los números, los estadios del cáncer, mi pérdida de peso y de mi fuerza. Para mi, también se trataba de números: el número de pasos que podía tomar por mi misma, el número de personas que contaba pasaban día a día por nuestra habitación, y cuantas horas podía estar despierta antes de dar paso al brutal dolor y la fatiga.

Pero también se trataba de harto más: de como mi mundo progresivamente se achicaba a un pequeño, estéril universo, inmerso en una náusea interminable y consecuencias de la quimioterapia que dejaban mi cabeza vacía y febril: entre la supervivencia y la muerte.

Para mis médicos, mi supervivencia era un porcentaje, un horrible porcentaje: entre un 15 a un 70 por ciento si completaba el régimen de tratamiento. La dispersión me parecía increíble. Cada día me encontraba pensando más y más en porcentajes. Si completaba el tratamiento y la enfermedad volvía, en la práctica no existían más tratamientos. Era solamente morfina y cuidados paliativos. ¡Pero tenía 39 años! Siempre la muerte es 100% segura, eventualmente. Por lo tanto, ¿importaba la edad?

Durante un momento particularmente desesperado, decidí que ya había tenido suficiente. Me negué a recibir más tratamiento. Simplemente me acosté en mi cama, sin ansiedad, contenta de haber tomado la decisión correcta. Miraba todos los eventos que sucedían alrededor mío, incluyendo la desesperación de mi marido, Brian.

Mis medicos no pudieron convercerme o persuadirme para que cambiara de opinión pero, por suerte, mi marido sí pudo y lo hizo. A cada momento, Brian estuvo a mi lado convenciéndome de completar el tratamiento.

Mis sueños de morir no fueron producto de momentos de terror y ansiedad. Yo era simplemente incapaz de tomar la decisión correcta para mi misma. Mis doctores eran muy profesionales, pero no podían decidir por mí en esta ocasión. Cuando ni el médico ni el paciente puede o quiere tomar la decisión correcta, es vital tener a un familiar cercano que esté comprometido 100% con tu salud. Sin Brian, y su eterno compromiso hacia mi recuperación, yo no estaría aquí hoy.

En estos momentos continúo batallando contra el cáncer, no he regresado al trabajo ni estoy teniendo una vida normal. Sin embargo, mi enfermedad me ha cambiado profundamente como médico. Ni el más largo tiempo o la mayor experiencia como médico te puede preparar para ser un paciente. Durante el último año, he experimentado múltiples tratamientos, metástasis y, más recientemente, el descubrimiento de un tumor cerebral que amenaza mi vista. Este año ha estado lleno de los momentos más vulnerables de toda mi vida.

El descubrimiento y reconocimiento de la propia vulnerabilidad, sumado a esta experiencia de vida, son cosas que hoy me convierten en un mejor médico que ayer.

 Fuente: When a Doctor becomes a patient

 


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